Un amigo mío me escribió poco antes de morirse que la historia del ser humano es la historia de muchos desengaños. El hombre sólo es hombre cuando es libre de producir o no producir, de elegir o abstenerse, de amar o distraerse. Sin embargo, hay días en que parece inevitable el naufragio.
Mi amigo siempre estuvo relacionado con el mundo del arte, de la poesía. Cuando leo sus notas fruto de sus reflexiones finales, me dirijo casi siempre a releer a los poetas y a sus expresiones no directamente poéticas. Y me encuentro con el premiado Joan Margarit que decía que no había nadie más difícil de engañar que los buenos lectores de poesía. Margarit afirmaba no haber encontrado mejor manera de amar a los demás que el ejercicio de la poesía. Unas veces como lector y otras como poeta. Para él las dos opciones eran lo mismo.
Hay psiquiatras que opinan que la literatura ayuda mejor que la psiquiatría a conocer la naturaleza humana. Y el conocido profesor Castilla del Pino afirmaba que, en orden a la creatividad debemos mucho al repliegue del hombre sobre sí mismo, a los "diálogos interiores".
Hace unos años la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan suscitó muchas opiniones contrarias, no debían mezclarse lo "elevado" de la creación literaria con la música no clásica, la popular. Olvidaban sin duda que cualquier analfabeto puede sentir desprecio intelectual por un profesor universitario y que para disfrutar de un poema sólo hace falta escuchar, sentir. De la misma manera que para disfrutar de la música no hace falta distinguir las notas en un pentagrama.
Probablemente los partidarios de la lectura de poemas en solitario y sobre papel, ganarían "democráticamente" al resto: la sonoridad de un poema estaría en la escritura misma. Yo pertenezco a la generación que se acercó, ya desde los tiempos del bachillerato, a la poesía que se asimilaba mejor desde la declamación por otro que supiera hacerlo bien. Más tarde me acerqué a la poesía a través de los admirables Serrat y Paco Ibáñez. La "Elegía a Ramón Sijé" y "A un olmo seco" me gustaban más cantadas por ellos que leídas por mí (¡pobre de mí!). Hace más de 50 años, en Ginebra, oí recitar sus poemas a Rafael Alberti y me gustaron: no mucho antes de morirse tanto Alberti como J. A. Goytisolo, hicieron giras con Paco Ibáñez en las que se entremezclaban canciones y recitado de poemas. Resultaba un espectáculo emocionante en cuanto a conseguir ese aislamiento personal que, en ocasiones, puede ocurrir acompañados de centenares de personas: un formidable sentimiento de soledad en compañía. García Lorca opinaba que, en buena parte de su teatro había más poesía que en su propia poesía. Y el teatro es representación (por otros, por lo tanto). En la película "A un dios desconocido", Hector Alterio recita ante un espejo, mientras se desnuda, fragmentos de "Poeta en N. York". A mí me emocionó mucho más que mi propia lectura de esos versos. Sin embargo parece lógico que nadie crea más en su relato que uno mismo y el que logra hacer sentir a los demás lo mismo que uno siente, ese es precisamente el artista sea plástico o literato y – dentro de estos – narrador o poeta.
Recientemente, entre esos libros que solemos tener sobre la mesilla de noche para leer cosas breves que ayudan a tranquilizarse antes del sueño, me he encontrado con unas reflexiones - ¡de un psiquiatra, además! – tan inquietantes como lúcidas. Una dice: "la locura es una combinación de soledad y conocimiento". Otra: "la melancolía es el alimento de la belleza". Frases especialmente consoladoras cuando las personas vamos alcanzando una edad provecta.