Aunque pasaban dos años desde el fin de la la guerra, los suburbios de la ciudad seguían siendo una escombrera. En las zonas más pobladas de cascotes, sitios que los rebuscadores evitaron ya que podían albergar algún proyectil sin detonar, creían hierbajos, enredaderas que zigzagueaban hasta perderse en las zonas más húmedas. Sin embargo, todavía había gentes con carretillas que acarreaban hallazgos útiles para paliar algo su miseria. El cielo, como pasaba desde los persistentes bombardeos de los drones, permanecía encapotado, turbio, insolente como su fuese una inmensa placa plomiza dispuesta a desplomarse sobre las cabezas de los sobrevivientes. Ya casi nadie clamaba en dirección al firmamento dirigiéndose a una posible atención divina, preferían mascullar la desgracia de la posguerra con la cabeza gacha y el rencor bullendo en lo más hondo de su corazón.
Klatus era un poeta, desconocido para la gran mayoría de la población, pero que acaparaba un buen número de poemarios publicados en una editorial pequeña enclavada en una de las islas del país. Si la gran mayoría de los sobrevivientes desde la contienda, los que habitaban el sur de la ciudad, el cinturón trabajador y pobre, vivían sumidos en la miseria, Klatus era el desconocido poeta indigente por antonomasia. A su conocida incapacidad para cualquier tarea manual se le unía la total desestimación en esos tiempos a todo lo que oliera a cultura. Todo se traducía al pragmatismo de la materialidad y cualquier cosa que tuviera relación con las artes se consideraba poco menos que un lujo casi indecoroso, cuando el más básico de los alimentos era escaso.
Ese día Klatus quiso atreverse a ir hasta El límite nº 5, uno de los lugares donde se dividía el país entre vencedores y vencidos. Cuando dejabas atrás las ruinas del cinturón sur, unos cinco kilómetros sentido norte por la carretera radial, agujereada de considerables socavones y esqueletos de autos herrumbrosos, comenzabas a vislumbrar soldados. Algunos subidos a vehículos blindados, otros recorriendo con sus jeeps la asfaltada línea fronteriza y otros tantos apostados en torno a los improvisados cuarteles. A medida que llegabas, se escuchaban todavía los vítores y las canciones patrias que los uniformados entonaban antojadizamente.
Poco tardó Klatus en ser detenido por un grupo de soldados, que bebían de unas botellas con un licor transparente, encaramados a un vetusto Hummer con el soporte lanzamisiles vacio. El aspecto miserable del poeta hizo que algunos de los soldados se mofaran en su idioma. Desde la parte trasera del vehículo le tironearon de una de las mangas de su destartalada trenca con tal intensidad que se la arrancaron de cuajo, lo cual produjo una risotada al unísono. El poeta apenas se inmutó, siguió hablándoles intercambiando algunas palabras en el idioma extranjero. El sargento mayor se apeó del Hummer. Era un tipo de gran estatura con el arma reglamentaria en bandolera. Dijo algo, con timbre imperioso, dirigiéndose a los que llenaban la cajuela y se bajó un tipo esmirriado con un ridículo casco que le quedaba muy grande.
— Te advierten que estás en zona militar.
Dijo el tipo sorbiéndose la nariz. Llevaba el traje militar, pero muy viejo y también dos tallas por encima.
Klatus argumentó que sólo deseaba un trabajo. Escudriñaba a los soldados con recelo tratando de sonreír y parecer amigable.
— Alguna labor de oficina por pequeña que sea -siguió diciendo- Tengo los suficientes conocimientos para adaptarme a cualquier cosa. Además sé manejarme en informática sin problemas.
El hombre flaco tradujo sus palabras dirigiéndose, con la cabeza baja, al sargento mayor.
— Por lo que veo, lamentablemente, apenas te manejas en nuestro idioma. ¿Me equivoco? -preguntó el sargento mayor apoyándose en el traductor.
Klatus negó muy a su pesar.
El militar le apuntó con el arma y le señaló con el dedo hacia la zona sur. El resto de soldados atendían a la situación con una sonrisa prepotente pintada en el rostro. Hasta hubo alguno que le hizo un gesto soez con los dedos.
Klatus se giró y tomó el camino de vuelta. Escuchó el bramido del motor alejándose y recibiendo el olor a neumático quemado.
Al llegar al asentamiento Bella corrió hacia él. Le abrazó entusiasmada por su llegada.
— Creí que te apresarían esos cabrones. Es demasiado arriesgado que te acerques. ¿Qué le pasó a tu abrigo? -le dijo apresurada, buscándole los labios.
Fueron caminando cabizbajos hasta el chamizo donde vivían. Sus hijos asaban unas castañas en un perol agujereado. El calor del fuego hacia confortable la chabola.
Alrededor se erigían numerosas casitas de características similares: plásticos y maderas alabeadas cosidas con grapas o tornillos. Un grueso cable, con diversas ramificaciones, cruzaba en lo alto todo el asentamiento. El suelo, enfangado de barro y deshechos, orquestaba una visión de pobreza extrema. Había grupos de desarrapados que se calentaban en una hoguera cobijada en un viejo bidón. Todos y cada uno tenían el rostro cobrizo, curtido por la intemperie, y su vestimenta era harapienta. Reinaba un silencio laborioso que se interrumpía, a veces, cuando alguien era llamado a voces, intercambiando motes o apellidos, como ocurrió cuando llamaron a Klatus.
— ¡¡Poeta!! ¡¡Poeta!! Ven, por favor.
Agitando su mano vislumbró la figura de Rasto, el veterinario que hacia también de médico en el asentamiento.
Con su paso titubeante, se acercó hasta su tienda de campaña. Tal vez era de lo mejorcito: espaciosa, ordenada y con una cocina que se alimentaba con batería de ion de litio. Un lujo en para el sitio. La tienda también servía de consultorio y de biblioteca, ya que Rasto logró salvar un buen número de libros de la devastada casa del senador socialista Rhittum Olaff.
Klatus tuvo que agachar la cabeza, era alto y espigado, para penetrar en la tienda. Una mezcolanza a sabroso guiso y a medicamentos invadía la tienda de campaña.
El veterinario auscultaba a un niño enclenque que sonreía mirando alternativamente a los hombres.
— Te vi llegar de El límite. ¿Qué tal te fue? -le dijo sin dejar de hacer.
Klatus sacudió la cabeza con pesadumbre.
— No te apures, es lo habitual. Mientras por aquí nos consumen el cólera y la sarna, los militares nos ignoran. Es su plan: aniquilarnos a los que sobrevivimos. -despachó al niño tras darle una cucharada de un jarabe que guardaba en una armario lleno de potingues- Pero lo cierto es que te he llamado por otra cosa que me inquieta.
El veterinario se despojó del estetoscopio y la guardó el uno de los bolsillos de su gastada bata. Luego hizo sentar a Klatus frente a él en unas sillas plegables.
— Me consta que desde la zona más meridional se están armando hombres.
El poeta abrió los ojos hasta arquear sus cejas.
— Supongo que se están preparando para alguna ofensiva, una incursión terrorista o algo parecido. Es peligroso, poeta. La contraofensiva podría extinguirnos del todo. Te he llamado porque tú eres un hombre juicioso, de buena palabra, que bien podrías hablar con ellos antes de que sea demasiado tarde. Por supuesto, yo te acompañaría.
El poeta se quedó pensativo. Miraba, entre la rendija de la puerta de la tienda, la miseria del exterior al tiempo que sopesaba las buenas intenciones del veterinario. “Esta vida es riesgo. Riesgo si te quedas quieto y también si te movilizas. Inseguridad hagas lo que hagas. Esa es la carga de la devastación. Pero… ¿en la paz no cabía el riesgo?”, pensaba frotándose la palma de la mano.