Dos hermanos y el estanque de nenúfares (9ª parte)

12 de maio 2026

En esta nueva entrega, Kabalcanty cuenta como los personajes marginales esperan un autobús en un barrio decadente para dirigirse al misterioso “estanque”, mientras aflora la tensión

Fueron hasta la parada del bus y apoyaron las posaderas sobre la barra metálica para esperar. Tramos y Amos se quedaron detrás de la marquesina, tumbados en el suelo, observando el corte de cielo encapotado que se veía entre las casuchas prefabricadas. Todos andaban silenciosos, esperando escuchar el bufido del motor del bus. Pero era algo ilusorio: la línea que recorría el barrio constaba de sólo dos autobuses, el de ida y el de vuelta, y la parada andaba vacía de gente con lo que auguraba una espera prolongada.

— En este barrio de mierda todo anda a contracorriente -murmuró Marina como si hablase con ella misma- Aguardas y aguardas para nada.

Marfán no dijo nada, husmeó el perfil de la chica y sus pantorrillas flacas.

Como de costumbre, había escasos coches. Tartanas o autos de más de veinte años, sin el comprobante de la revisión oficial, que cruzaban la calzada cachazudos levantando una humareda que parecía masticarse. Los escasos viandantes circulaban por las aceras deteniéndose cada dos por tres con cualquier nimiedad, casi sin entablar conversación, curiosos algunos ese mediodía con los dos hombres de trajes oscuros y rotos que estaban tumbados en el suelo. Algunos sonreían unos segundos buscando complicidad en el que también se detenía, y otros, los más, pasaban indiferentes saltando o sorteando los cuerpos.

— ¿Sabes lo que pienso? -preguntó Marina- Que en esta parte desahuciada de la ciudad necesitas inventarte un motivo para pasar el día a día. Esta vida es sórdida y soporífera. Supongo eso.

Marfán se volvió y movió levemente la cabeza. No era ni un sí ni un no,  una expresión desganada que se quedó congelada en la contemplación del rostro de ella.

— Eres guapa, podría enamorarme de ti sin dificultad.

Lo dijo como si no pudiera reprimir las palabras. Se ruborizaron algo sus mejillas y dejó de mirarla.

— Ya, puede que sea yo o cualquier mujer. –contestó, retirándose el flequillo de la frente algo coqueta- Ya te lo dije: te parezco Hula, Laurita o cualquier hembra con las formas adecuadas que están en tu mollera. No digas tonterías, Marfán, eres un jodido escritor buscando razones para escribir. Personajillos para colocar en el relato.

Él infló los carrillos y soltó el aire. Por unos momentos se diría que se sintió descolocado y que la espera del bus no era más que un no saber qué contar. Poco después, en el instante que sonó un claxon para apartar a un perro vagabundo, Marfán varió su postura y se irguió reprimiendo un bostezo.

— Y ¿tendremos que recorrer mucho trayecto de bus para llegar al estanque?

Marina se puso a su altura. Era más espigada que él, incluso de más edad. Iba a contestarle pero prefirió dejar pasar unos segundos al tiempo que daba vueltas sobre sí misma.

— Como todo límite, está al extremo de la ciudad. Tal vez no llegue el bus hasta allí pero nos dejará cerca, supongo.

— ¿Supones? Siempre supones -dijo él urgido- Les vas diciendo a todos que me llevas al estanque y no sabes dónde está.

— ¡Claro que lo sé, mierdas! -contestó ella alterada, acercándosele a la cara- Lo que pasa es que ojalá no lo supiese. Todo el mundo lo sabe en esta zona de la ciudad pero nadie está tan loco como para querer ir. Tú también sabes de sobra donde está, pero lo que no quieres es ir solo.

Marfán se quedó mudo, puede que avergonzado, vencido o confuso. Sin nada qué decir, se retiró unos pasos de la chica y regresó a sus cavilaciones. Sopesaba su entorno, la lejanía a izquierda y derecha y volvía a encerrarse en sí mismo.

— Escucho que se acerca la guagua.

Enunció Amos levantándose. Hizo un par de flexiones mientras observaba el sitio de venida del bus.

— Mira tú que tener que volver al estanque -dijo Tramos perezoso y buscando la figura del otro.

— Nos fuimos de allí para cambiar de aires y…..jódete.

— …..y baila.

En efecto, el bus apareció. Era un cacharro ruidoso, pintarrajeado de arribabajo de grafitis y que echaba humo por la parte delantera, lugar donde se alojaba el motor. Se abrió la puerta de fuelle, emitiendo un chirrido desagradable, y el conductor estiró el cuello para decir con inflexión cantarina: Acantilado final a zona de exclusión.

Apenas había viajeros en el autobús. El conductor, un tipo enjuto y malencarado que se cubría la cabeza con una gorra sucia y grasienta, les conminó a los cuatro a que se sentaran en los asientos delanteros. "No veo un pijo por el espejo si se apelotonan atrás", dijo, añadiendo después un murmullo que burbujeó en su garganta.

Marina evitó sentarse junto a Marfán. Amos y Tramos, apenas se sentaron, pegaron sus ojos a lo que acontecía por la ventanilla con inusitada curiosidad.

Marfán, tras un tiempo breve, se levantó y fue al lado de la muchacha.

— Perdona, Marina, -dijo afligido- creo que me he pasado de rosca contigo. La verdad es que no sabes cómo te agradezco que me lleves al estanque.

Ella se removió en su asiento y, sin mirarle, le dijo: "Me han encomendado que vaya contigo e iré. No lo hago por gusto, así que ahórrate tus disculpas".

— ¿Cumples órdenes? -preguntó él, poniéndole la mano sobre la falda tableada.

Marina afeó su gesto fulminándole con los ojos y él retiró la mano como por resorte.

— Por supuesto. A los insignes les gusta muy poco que el rebaño se desmande. Las ocurrencias, como la tuya, no conducen a nada bueno. Uf, pensar, dudar, fisgonear. El ganado está precisamente en esta zona desahuciada para que la desidia les arroje definitivamente a la apatía, a la rutina de la desintegración más callada. También te advierto que algunos, los más reformados y dóciles, entran a formar parte de los insignes. Pero yendo al estanque, Marfán, estás más que condenado.

Marfán parecía comprender porque asentía de manera concienzuda, pausada, esclarecedora. Se frotaba las manos, calmoso como si desease reducir el descubrimiento a una materia que pudiese amasarse o aplastarse. Dejó de interesarse por la chica para hundirse nuevamente en sus pensamientos.

— Casi no hay personas que recoger en las paradas, llegaremos pronto.

Comentó Marina sin poder penetrar en el ensimismamiento de él.

Cuando del autobús bajó el último pasajero, el conductor no reanudó la marcha. Miró por el retrovisor antes de dirigirse a los cuatro.

— Oigan, ¿no me digan que se van a apear en zona de exclusión?

Tu tono era el de una incredulidad casi bromista. Apartó algo su gorra y se rascó la cabeza a la vez que la sacudía.

Amos y Tramos le decían sin parar que sí meneando la cabeza.

— Es la primera vez en más de veinte años que alguien se apeará en el mismísimo final de trayecto. ¡Carajo pa vino!

Exclamó, bajando el freno de mano y haciendo rugir al motor con cierta festividad.