Dos hermanos y el estanque de nenúfares (8ª parte)

05 de maio 2026

Kabalcanty narra como Marfán, acompañado por Marina, entre otros personajes, intenta descubrir la verdadera identidad de Hula mientras todos se enfrentan a revelaciones y al deseo de llegar al estanque de nenúfares

Hula se fue hasta el automático de luz y pulsó off. En ese momento el Bostón convulsionó: unos y otros chocaban, se insultaban, vociferaban, compactos en un tumulto que volteaba sillas, mesas, vasos y platos. A oscuras, el griterío resonaba por la calle como si fuese una inesperada revolución.

Marfán estaba afuera. Intacto. A su lado se encontraba una muchacha vestida con una falda tableada y una rebeca color avellana que se sujetaba el cabello con una cinta amarilla. Se miraban inmóviles, tratando de indagar en los rostros señales oportunas.

— No sé si eres mi hermana Hula vestida de Laurita o Laurita vestida de Hula para la ocasión. -dijo Marfán, invitándola con su paso a que se alejaran del bar.

— Ni me llamo Laura, ni Hula es tu hermana -contestó la mujer con determinación y siguiendo el paso de él- Todo es un malentendido. Cuando murieron tus padres, Hula decidió ser tu hermana. No hubieras sobrevivido a la soledad. Así de sencillo.

Marfán se detuvo unos instantes para digerir por entero la confesión que acababa de oír. Sopesó la figura que tenía a su lado con detenimiento.

— Pero ¿eres Hula o Laurita?

La muchacha sonrió de par en par.

— Soy Marina, cretino. Una mujer es infinidad de mujeres.

— No entiendo.

— Para ti Laurita o Hula son el patrón de muchas mujeres. -aseguró ella con aplomo- Podrías ir al estanque de nenúfares de la mano de muchas más mujeres de las que crees.

Marfán divisó en la esquina de la calle al señor Melquiades. Parecía agitado porque daba continuos paseos cortos y escudriñaba una y otra vez la distancia por la que ellos venían. Cuando estuvieron más cerca, fue a su encuentro limpiándose la frente con un pañuelo.

— ¡Maldita sea mi estampa! -exclamó, tomándoles por el antebrazo- Con el lio que sale del Bostón me temí lo peor, chicos.

Con el sudor se le escurrían más de lo acostumbrado las gafas. Tenía los ojillos enrojecidos y tres botones de la camisa desabrochados por los que asomaba una pelambrera encanecida.

— Vamos al estanque de nenúfares de una vez por todas. -apostilló Marina con una amplia sonrisa.

Melquiades le dedicó a la mujer un gesto severo.

— Hula, quedamos en que ese lugar era….

— No es Hula, señor Melquiades -intervino Marfán, abriendo los brazos con negligencia.- Es que Hula no es mi hermana, dice esta chica que no es Laurita sino Marina.

El tendero alternó la mirada entre ambos hasta que, despojándose de sus lentes, se pasó la mano por los cabellos y entornó los ojos brevemente.

— Entonces ¿dónde diantres está Hula? -preguntó impacientado.

— Mi nombre nunca fue Hula, ni Laurita, ni la bola de la gramola -terció Marina algo displicente- Me llamo Marina y me propongo mostrarle de una jodida vez a este cretino los nenúfares del estanque.

Habían aparecido Amos y Tramos detrás de los tres. Venían con sus raidos trajes oscuros medio rotos y los cabellos alborotados. Parecían sofocados, ya que intentaban recuperar el resuello haciendo un juego de respiraciones cadencioso. Acabaron haciéndose notar empezando a hipar para luego, gradualmente, reír a mandíbula batiente por lo que los otros tres les dedicaron una mueca de agotamiento.

— Hula se ha ido para casa -dijo Amos entre risas, fingiendo prudencia por ser el más viejo- Nos ha dicho que ya estaba harta de tanta mamarrachada.

— Y con las meninges achicharradas, por cierto -remachó Tramos, mesándose la barba.

El tendero soslayó la lejanía y les conminó a todos a asegurarse en el umbral de un portalón.

— Tanta exposición me parece riesgosa y tanto más con las idioteces que escucho.

Les dijo, mientras les iba forzando a entrar.

Marfán se había sentado en el peldaño del portalón. En disposición pensativa, aparentaba darle vueltas y vueltas a algo que no acababa de encajar. Desviaba los ojos, en ocasiones, hacia Marina, que parecía divertirse con todo aquel galimatías, para luego regresar a sus cavilaciones.

— Bueno, aunque no entiendo lo más mínimo de todo esto, creo que lo importante es quitarle de la cabeza a esta pareja eso de ir al estanque. -dijo Melquiades, aupándose en la voz sensata del grupo- No sé si Marfán sabe de los peligros de ir allí, pero me auguro que…. ¿Marina?, así te haces llamar, ¿verdad?, los conoce.

Tramos y Amos asistieron con un gesto ambiguo; enfrentaron sus rostros y torcieron la boca mientras se acariciaban la barba.

— Mire, señor anciano,- contestó Marina muy diligente- este pobre tonto, solitario y escritor en la sombra, como desconocen la mayoría de ustedes, necesita hallar el estanque y cerciorarse de su existencia. Es importante para él. Habrá……, digamos, alcanzado su madurez cuando lo vea con sus propios ojos. Nenúfares, agua……chorradas varias de artistas. ¿Lo pilla, viejo? Necesita verlo para no mandar a la mierda todo lo sustancial que ha hecho hasta ahora en la vida. ¿Habría montado usted, señor anciano, la tienda de ultramarinos si no hubiese pasado años viviendo en la zona insigne? –Al escuchar ultramarinos se le pintó al tendero una expresión beatífica- ¿Habrían llegado ustedes aquí, señores fúnebres, si no estuvieran perseguidos en la otra zona por esquizofrenia, trastornos de estrés postraumático, obsesivo-compulsivo, límite de la personalidad y bipolaridad, además de ansiedad social? Vamos, sean sinceros.

Los aludidos volvieron la cabeza hacia la calle y no respondieron. A hurtadillas miraban a la pareja y después clavaban los ojos en el suelo.

Marina tiró de Marfán para levantarle.

— Así que nos vamos. No queda otra. Tengan ustedes buen día.

Melquiades no pudo reprimir un arrebato y se plantó en su camino.

— Pero prometedme que tendréis todo el cuidado del mundo.

Les dijo con los ojos medio acuosos, los cuales enjugó con el pañuelo tras despojarse de las gafas.

Marina le colocó la mano sobre el hombro asintiendo. Marfán hizo un gesto coyuntural para comunicarle: “Cuide de Hula, señor Melquiades. Ella siempre veló por mí”

— Descuida……Bueno, si es que la veo, claro, y anda por aquí.

— ¿Podemos acompañaros? Nos gustaría tanto ver la inexistencia.- dijo Amos, tirando de la mano del otro.

— Tanto como la subsistencia.-recalcó Tramos.

Marina y Marfán, cogidos de la mano, ya andaban acera arriba.

— Hagan ustedes lo que les dé la gana. - dijo ella sin volver la cabeza.