Mientras escribo estas líneas, reconozco que atravieso uno de los períodos más dolorosos, reflexivos y lúcidos de mi vida. En menos de un lustro, la dama Muerte se ha llevado a buena parte de mis seres queridos. Lejos de cuestionar sus actos oscuros, he aprendido a coexistir con la pérdida en toda su intensidad, sin artificios ni anestesias, sin los barnices que la sociedad aplica sobre el duelo para hacerlo más soportable (y, con ello, menos verdadero).
No sé bien por qué razón me asalta ahora el recuerdo del poeta estadounidense Frank O'Hara, escritor de culto en la década de los años sesenta, figura luminosa entre la gente joven, vivaz y rebelde de su tiempo. Frank era un hombre entusiasta, obstinado, desbordante de energía y de impulso versificador. Murió a los cuarenta años en la playa de Fire Island, atropellado mientras dormía por una máquina limpiadora de arena, en la madrugada. Un final nada poético, podría decirse. O quizá el más poético de todos, si se acepta que la vida raramente concluye como merece.
Acaso venga O'Hara a mi mente para recordarme esto: la poética no tiene edad. La muerte puede interrumpir la voz, pero no puede silenciar el eco. Frank sigue vivo en sus lectores, ayer y hoy, a pesar (o gracias) a su salida abrupta. Y aquí reside una de las grandes paradojas de nuestra época: en esta sociedad de plástico y cáscaras de metal, de apariencias incesantes y culto absoluto a la imagen, se nos enseña desde la infancia que somos imperecederos. Cuando al fin la Parca comparece, el dolor es inmenso porque no supimos (o no pudimos) hacer y sentir lo que en verdad deseábamos. La conciencia de que la existencia es transitoria debería llevarnos a vivirla con la mayor intensidad posible, sin miedo al qué dirán, sin miedo a nada.
V.F. nos presenta Necrópolis por motivos de vida: de realismo funerario y expiración ineludible. Al igual que los poetas que existen intensamente, V.F. compone sonatas al pie de los panteones, rasga el mármol grisáceo y se aproxima (como un dandi del camposanto negado) a las lágrimas de quienes pasean lánguidamente por las avenidas de la muerte para honrar a los suyos, a esos que partieron al otro lado, allí donde la existencia (si es que la hay) es más ligera, tenue y repleta de cruces con gusto a perpetuidad.
El autor lleva ya bastante tiempo caminando con sobriedad por los lugares del silencio, ofreciendo sus versos en los espacios donde muchos no desean ni residir. V.F. ha sido el primer poeta que, con impulso genuinamente idílico, da vida a lo supuestamente inerte, escribe odas a lo olvidado, honra los rincones donde, desde hace décadas, sólo moran un par de calaveras y una telaraña sin dueño.
Llevo todos los fantasmas que he amado / transformados en quimeras de ébano y cobre negro, / arañándome con uñas de bronce oxidado. / La noche se desangra en su propio abismo / y los astros moribundos gotean ceniza / sobre mi espalda.
Tras estos versos, el rapsoda alicantino nos convoca a recapacitar sobre un mundo gris que ha perdido la capacidad de llorar lo que no supo amar en vida.
Necrópolis hace ruido en las venas casi antes de ser leído. No por su temática, no por estar escrito al pie del panteón, sino porque nos habla de lo que la muerte tiene de más fundamental: la vida misma. Existir sin demasiadas prisas. Palpar lentamente y con fruición todo lo que nos rodea. No olvidar los momentos en que podemos y debemos saborear el aire que nos impulsa hacia adelante. Y así poder firmar con orgullo la sentencia final.
Que el lector no vincule estas páginas de rosas rojas y negras con un manual de pesimismo o una apología de la defunción: estaría profundamente equivocado. Necrópolis es un guiso preciso de emociones contundentes, de miradas que penetran el mármol y círculos de imágenes en sombra que alargan la lectura (verso a verso, latido a latido) para hacernos ver que la muerte no es más que el epílogo idóneo de una aventura que todos debiéramos disfrutar. Duradera o breve. Aventura al fin. O acaso milagro, casi imposible de explicar por la ciencia o los filósofos más experimentados.
“La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces, y definitivamente.”
— François Mauriac
Ojalá así sea.
