Pasados unos días, Hula le reclamó para decirle que era la fecha de la cita. Había venido de husmear en los contenedores más pronto que otras ocasiones (apenas trajo nada comestible) y le sacó del balcón literalmente tirándole de una mano. "Encima que todo esto lo hago por ti, te cabreas si te quito de tu balcón", le dijo a su hermano algo acalorada.
Marfán, al escuchar a su hermana, se le pusieron los labios blanquecinos y una bola de esparto se anudó en su garganta. "¿Has….has…. conseguido una…..una…..una cita con Laurita?", preguntó sin querer preguntar con las palabras saliéndole a trompicones.
— Así es, hermano -contestó ella sin parar de colocar cosas, muy ajetreada- Cuando la veas entrar en el Bostón, baja. Yo me quedaré afuera para dejaros a vuestro aire; ella está conforme.
Marfán quiso decir algo varias veces, pero se detenía hurgando en sus pies y diciéndose algo con voz queda que negaba o afirmaba sin saber a qué atenerse.
— Me pondré muy nervioso -añadió encogido, cruzándose los brazos sobre el torso y con la barbilla pegada al cuello.
Hula fue al baño a maquillarse. Sacó de un viejo neceser un montón de cremas empezadas y potingues varios que nunca utilizó antes y que era más que factible estuvieran caducados. Pero no importaba. Parecía tan urgida por algo como lo había estado esos últimos días.
— ¿Has quedado con ella a una hora fija? -preguntó él fuera de sí, yendo de un lado a otro del comedor- Falta menos de una hora para que los funcionarios desfilen para el desayuno. No tendré mucho tiempo para decirle lo que tengo que decirle, ¿no te parece? Luego entran otra vez a trabajar y yo……
— ¿Qué le dirás?
Pero Hula no hizo caso alguno a la posible respuesta de su hermano. Cerró incluso la puerta del aseo.
Cuando salió estaba guapa. Marfán la escudriñó de arribabajo y su asombro quedó implícito en su boca abierta. Apenas dijo nada, un hum meloso que terminó cuando ella se acercó.
— No te olvides: entra al Bostón y tú bajas echando leches. ¿Entendido? Pero antes tengo que pasarme por el colmado. Supongo que el señor Melquiades tendrá algún culito de perfume. Una mujer sin su perfume es pura desconfianza.
Hula salió con una bolsa de plástico y sin medir la fuerza al cerrar la puerta. Pero volvió a abrirla segundos después.
— ¡Eh, Marfán, escucha! Péinate esos pelos alborotados y ponte algo decente para que la chica no se asuste. ¿Vale?
Dijo desde el umbral y volvió a cerrar con estrépito.
Marfán trotó hasta el balconcillo para concentrarse más que nunca en lo que ocurría en la calle.
Melquiades la esperaba en la tienda. Tenía a un lado, sentados sobre un palé de leche en polvo, a Amos y Tramos vestidos con unos trajes deslustrados oscuros como si fuesen dos inveterados funcionarios. Tenían arreglada la barba y sus cabellos engominados y peinados rigurosamente. Al ver entrar a Hula se bajaron del palé y la saludaron con una pompa ridícula que censuró una ojeada del tendero.
— Anda, pasa y colócate la peluca y el aderezo -dijo el tendero apremiándola con ambas manos- El maquillaje lo has bordado: tienes toda la cara de una funcionaria pacata.
Los gatos salieron de la trastienda para restregarse entre las piernas de la mujer. Luego, muy dóciles, se fueron a sentar a los lados de la dependencia. Duraron escaso tiempo, justo hasta el momento en que Tramos y Amos hicieron intención de ir hasta ellos.
— Y vosotros al loro -les dijo el tendero, recolocándose las gafas- Entráis al Bostón y os colocáis cerca de ella. Ya sabéis: sois compadres de departamento de Laurita.
Ante la expresión lerda de sus caras, recalcó desabrido: "¡Funcionarios, amigos de la chica, copón!"
Amos y Tramos regresaron a su puesto en las provisiones. Parecían a un tris de dar rienda suelta a la hilaridad, pero se contuvieron dentro de una mueca grotesca.
— Si fuese necesario, haceros los encontradizos con ella para dar sensación de credibilidad. -añadió el tendero- Todo sea para que el muchacho crea que su hermana es la chica de sus sueños, ¿enterados?
Asintieron jocosos los otros dos.
Un cuarto de hora después apareció Hula convertida en Laurita. Todos guardaron silencio ante el cambio. Incluso los gatos, dispuestos encima de un vetusto mueble que almacenaba unos recipientes vacios, hicieron más puntiagudas sus orejas y desorbitaron sus ojos.
Hula se había puesto un conjunto claro de rebeca y falda tableada de tonalidad beige. Su peluca, de puntas recogidas hacia adentro y flequillo, aparecería en tonos más claros que el color habitual de su pelo. Todos parecían estar de acuerdo en que la belleza de la mujer había crecido. Más joven, más esbelta, más atrevida, si cabe.
— ¿Resulta mi cambio? -preguntó ella, dando un giro que elevó su falda.
Melquiades alabó su buen hacer y predijo un éxito rotundo. "Eres más Laurita", añadió cautivado.
— Pero ya sabes que lo esencial es que tu hermano pierda el interés por la chica -comentó el tendero, tomándola por el antebrazo con el fin de conducirla al portillo de descarga de mercancías, el cual no se utilizaba desde hacía muchos años- Sería impensable que una funcionaria hablase con un desconocido, sin embargo tú, en tu papel, lo harás con el fin de…..desilusionarle. Sólo para eso.
— Me fastidia, señor Melquiades, pero es que no queda otra. -dijo Hula, mordiéndose el labio inferior.
Tramos y Amos seguían a la pareja no sin hacer cucamonas a sus espaldas.
— Claro que no queda otra, chiquilla. ¿Te imaginas el lio que se podía formar si a tu hermano se le ocurre bajar de su morabito e interpelarla en plena calle, o dentro del bar? Le denunciarían como mínimo. Y al final os traería malas consecuencias a los dos. En esta zona de la ciudad, y tú lo sabes de sobra, estamos a lo que digan ellos o no estamos. Nuestra única existencia se cifra en ello o…..de lo contrario…. -soslayó a los dos que estaban a su lado- te queda hacerte el imbécil como estos dos.
Primero salió Hula, sorteando un sinfín de cacharros y dos traspales desvencijados. Chirrió el cierre de tijera con un silbido agudo y prolongado.
— Suerte, querida. -le dijo el tendero guiñándole un ojo.
Detuvo unos cinco minutos a Tramos y Amos, dándoles las últimas instrucciones. Al salir saltaron haciendo unas cabriolas que enfurecieron al tendero.
— ¡¡Y dejad de hacer el payaso!! Por lo menos mientras dure este asunto…..Si es que podéis. Ay, Jesús.
Melquiades les vio alejarse en dirección al bar cafetería Bostón. Luego, escudriñó el cielo encapotado y cruzó los dedos elevándolos.
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