Él no soy yo (5ª y última parte)

23 de xuño 2026

Kabalcanty ofrece la última entrega de este relato en que el protagonista sigue sorprendiéndose en el momento en que se despierta de un coma en un hospital

Desperté como de un sueño muy pesado. Escuchaba voces, una mujer y un hombre, al principio lejanas, luego como un estruendo que me sobresaltó. Tenía un tubo dentro de mi boca y un montón de cables que iban a una máquina que hacia un ruidito monocorde. Estaba claro que estaba en la cama de un hospital y que el hombre y la mujer que tenía a un lado de mi cama, ambos vestidos con batas blancas, eran sanitarios. Me sonreían quedos, soslayando los guarismos que se iluminaban en la máquina.

— Bienvenido de nuevo -me dijo el hombre de la bata blanca y el fonendoscopio colgado del cuello. Llevaba unas gafas en las que relucían dos ojos muy azules.
— ¿Tiene alguna molestia, señor? -me preguntó la mujer, una jovencita morena de prominentes pómulos sonrosados.
Mi cabeza era un enorme cajón de sastre. Reconocía la realidad que me rodeaba pero mi memoria era un mar revuelto. Traté de decir algo pero de mi garganta sólo salió un sonido gutural que terminó en un gargajo que me hizo toser.
— No se esfuerce, lleva usted más de un mes en coma.
Me aconsejó el médico poniéndome la mano sobre el hombro.

¿Más de un mes en coma? Aquello acabó por descolocarme del todo. ¿Qué me había ocurrido? ¿Cómo acabé allí? Trataba de recuperar mi memoria pero sólo me venían flashes inconexos que no lograba ordenar. Me dolía la espalda y las piernas apenas las sentía.

— Tenemos un problema con su identidad, señor -dijo la jovencita al tiempo que comenzaba a quitarme el tubo de la garganta y algunos terminales del cableado- ¿Recuerda usted su nombre y sus apellidos?
Aunque tardé un tiempo que me pareció una eternidad, terminé contestándole con un timbre de voz bronco como salido de lo más profundo de mi garganta.
— Ya -contestó lacónica- Ese es el nombre que figuraba en el DNI que llevaba usted el día del accidente….pero esa persona nos consta que no es usted.
— ¿Accidente? -pregunté desconcertado.
— Cayó desde un segundo piso al parecer de manera intencionada -siguió la joven intercambiado miradas aprobatorias con el doctor- No era mucha altura, sin embargo….
— Sufrió un traumatismo craneoencefálico severo. -puntualizó el médico- Se pasará una buena temporada entre nosotros, -añadió cortés, tratando de quitar hierro al tema- pero para que todo vaya sobre ruedas necesitamos su filiación correcta.

Les había dicho mi nombre y apellidos correctos. ¿Qué ocurría? Cuando me incorporaron levemente en la cama y desalojado de gran parte de los cables, cerré los ojos y comencé a recuperar pasado con vehemencia. Parecía que la mente se cocía dentro de mí, un leve pero constante dolor que giraba en mi cabeza como un carrusel, y traté de ir pegando los pedazos que salían disparados del tiovivo. Escuchaba las voces de los sanitarios a mi lado, como si fuese una comparsa placentera, mientras yo buscaba los anclajes de mi oscuridad intrínseca. Fue al cabo de lo que pudo ser una hora o más cuando hallé la tecla madre. Fue a la mañana siguiente de la cena en la pizzería con Ana cuando le empujé por la ventana de la habitación, donde solíamos escribir, mientras fumaba un pitillo. Recordaba el vuelo de su sombrero, el estallido de cristales, la levedad del viento en mi rostro, el terror escociéndome en los ojos y la colisión como si fuese el final de mi vida. Ya no había más. Luego desperté en el hospital.

— ¿Sigue sin recordar su nombre, su primer apellido siquiera? Tal vez nos serviría de ayuda su domicilio -escuché de súbito la voz del hombre- Con ese dato tendríamos un buen comienzo, caballero.

Repetí el mismo nombre y apellidos que antes y la dirección de mi casa. Mi voz me resultaba de lo más desagradable.
Ambos se miraron e hicieron un gesto de incapacidad.
Me pusieron un calmante y me aconsejaron que descansara.

Debí dormir unas cuantas horas porque cuando desperté la oscuridad se filtraba por la ventana de la habitación. No había nadie conmigo. La máquina seguía su pausado ritmo y el goteo no cesaba de entrar en mi vena. A diferencia de antes, sentí el rostro hinchado, entumecido, por lo que deduje que debía tener varios hematomas. ¿Qué habría sido de él, el impostor que decidí matar?, me vino la pregunta a la cabeza mientras intentaba retreparme en la cama. No podía. Mis piernas parecían inútiles. Me dolía el pecho y me fatigaba el más mínimo esfuerzo.

Al rato apareció por la habitación la chica, la enfermera. Sonrió al verme despierto y se acercó a mí con un aire festivo.
— Tiene una visita, señor -me dijo en voz baja. Se había colocado otro pasador para sujetar su coleta- Son unos vecinos suyos que nos ayudan desde el día del accidente.
Asentí como pude. ¿Vecinos? Apenas conocía a ninguno de ellos.

Mientras ella manipulaba la máquina a la que estaba enganchado, me concentré en la conversación que provenía del pasillo. Si aguzaba el oído, escuchaba sus voces perfectamente.
—…En psiquiatría llaman a su estado Síndrome de Fregoli, el paciente cree que una persona cambia de apariencia o se disfraza para engañarlo o perseguirlo. Es habitual.
— Hace años que tiene esa obsesión conmigo. Vagabundea por el barrio contándonos que era poeta. Ya sabe, un borrachín de esos que les da por el arte. Le conozco del bar de Ulpiano, un sitio donde para casi todo el barrio. La mayoría de los parroquianos le dábamos algo para que fuera tirando. Debió de quedarse con mi cartera cualquier día; yo creí que la perdí. De todas maneras, es buen tipo, inofensivo.

A medida que escuchaba me intranquilizaba más y más.
— Jesús es que tú, y otros como tú, le habéis consentido demasiado. Te advertí una vez que no era buena compañía, pero a ti te hacía gracia. Lo que le dije, doctor, esa persona tenía que estar en un centro apropiado y no ganduleando por el barrio y sirviendo de mono de feria a todos estos.
— Aunque no tenemos sus datos precisos, enderezaremos la situación a partir de ahora.
Era la voz del doctor. Reconocía las tres voces y eso era terrible, incomprensible, insufrible.

— ¿Podemos verle?

— Claro. Aunque su aspecto no ha mejorado desde la última vez que le vieron.

— Lo comprendemos. Fue un acto suicida tremendo.

— Y fallido. No sé cómo se encajara el haber tratado de matarte y seguir con vida después.

— Pues mal, ya te lo digo yo.

— Traumático, sin duda. Los servicios públicos de salud mental se encargarán de él cuando se haya recuperado del todo. Está en buenas manos, no se preocupen.

— Gracias, doctor.

— Se lo agradecemos como si se tratase de un familiar.

Vi abrirse la puerta de la habitación con malvada lentitud. Primero apareció el doctor con sus gafas y sus ojos azules y luego ellos dos. Ana se colgaba del brazo de él y se acercaban a la cama con un falso gesto compungido. Él llevaba su sombrero de fieltro y ella se había pintado los labios de un rojo fuego, color que detestaba, según sus propias palabras. De cerca parecían hasta más jóvenes. Antes de que les diera la oportunidad de hablar, comencé a agitarme en la cama gritando y sacudiendo mi cuerpo. Deseaba desmembrarlos, aniquilarlos poco a poco. Él la había engañado y ella se dejó embaucar. ¡Necesitaba soltarme y acabar con ellos!

Él era yo.