Le vi detrás de ella. Estaba cenando lasaña. Tenía el tenedor lleno de hilos de queso y frente a él una jarra de cerveza a medio consumir. Nos miraba divertido bajo su inseparable sombrero de fieltro.
— Precisamente está detrás de ti ese tipo al que deseo matar.
Le dije, cuando cesó algo su hilaridad.
Ana escudriñó a su espalda y, en un par de segundos, me miraba de nuevo.
— No creo que estés hablando en serio -comentó todavía medio en broma- Ese que está cenando ahí detrás de mí, no sé si te habrás dado cuenta, pero es una los moteros que llevan los pedidos a domicilio. Estaba junto a la moto cuando entramos.
Puse mis ojos en la mesa de él y allí seguía. No era ningún motero. Se había llevado un trozo demasiado grande de lasaña y lo masticaba de manera chabacana. Lo hacía adrede sin duda.
— ¿Me has oído lo que te he dicho?
Entonces le conté todo de corrido. Intentó varias veces interrumpirme, pero yo insistía en mi relato sin dejar réplica. Trataba de atraparla con mis impetuosas palabras, que creyera que lo que escuchaba no era producto de un tarado sino de una insoportable experiencia que amargaba mi vida, que comprendiera que la única solución era aniquilarle. Cuando di por terminada mi charla, junté las manos sobre la mesa y esperé su respuesta tratando que el espionaje de él, que seguía engullendo su cena detrás de Ana, no me descolocara.
— Vaya batallita -dijo ella forzando una sonrisa.
Dejó pasar un tiempo, mientras seguía azucarando el ambiente otra melodía de corte trasalpino.
— Creo que bebes demasiado, Jesús -dijo al fin. Me tomó una mano para reafirmar sus palabras- Es que no tiene sentido alguno lo que dices y menos tu solución. ¿Matar a alguien que no existe? ¡Por favor! El alcohol tiene efectos alucinógenos y lo sabes de sobra. Mira a Poe, a London, a Hemingway, todos grandes escritores pero, cada vez más de vez en cuando, se les iba la cabeza con la bebida. Veían cosas que sólo las condimentaba la bebida. Es una enfermedad y tiene tratamiento.
— Lo que te digo no es la alucinación de un borracho, es una puta realidad. ¡Joder, él habla contigo casi todos los días y no te das cuenta! No vayas por ahí, Ana, que te equivocas.
— Pero si te veo siempre dándole al teclado del ordenador y estás tú solo. En el cuarto donde escribes sólo estás tú. ¡No hay nadie! Tengo ojos en la cara y mi cerebro anda intacto. En casa hablamos nosotros dos y nuestros hijos. ¡No hay nadie más!
Estaba empezando a estar molesta. Había comenzado a meter cosas en el bolso y eso indicaba que la velada había concluido. Ni siquiera me miraba. Colocaba el bolso ralentizando el tiempo ya que para ella el tema estaba zanjado. Mi cháchara no sirvió nada más que para arruinar la noche. Me equivoqué, como con Sabino, pero me era imposible pedir disculpas porque todo lo que exponía era cierto y alteraba mi vida.
— Pago y nos vamos.
Añadió lacónica, alzando la mano para llamar al camarero.
— Ana no quiero que te enfades. -dije buscando su atención- Te aseguro que el tema es más serio de lo que puede parecer. Él existe y está cenando tranquilamente en esa mesa de ahí al lado. ¡Es él, me persigue, me suplanta y, encima, escribe mal! Mírale otra vez y compruébalo.
Pagó con la tarjeta ya de pie. Se notaba brusquedad en sus movimientos y su gesto (el mentón recogido y las cejas en oblicuo) desbordaba enojo.
— ¡Es él y se ríe de nuestra bronca!
Le dije, acercándome a su oído.
— ¡¡Es el jodido motero de la pizzería!! ¡¿No lo ves!? ¿No ves el casco de la moto en la silla? ¿No ves la zamarra con el nombre del sitio? ¡Vamos, pregúntaselo, para que te lo diga! Vamos, venga.
Y tenía razón en parte. Él se había largado, el muy cabrón. El motero, algo confuso, había parado de cenar y nos miraba atónito. En suspensión, tenía pinchado un trozo de lasaña y la boca entreabierta esperando. A su lado, un plato vacío y un tenedor, con las irrebatibles hilachas de queso pegadas, evidenciaban la huida.
El viaje de regreso en el autobús fue bastante silencioso. Nos sentamos en los asientos traseros. Ana miraba hacia adelante impasible como si el lejano parabrisas del conductor fuese una atractiva postal veneciana, para no dejar Italia, y yo, que le había visto a él sentado en uno los asientos delanteros, sin decir esta boca es mía por no hurgar en la herida.
Pero todavía me quedaba lo más lacerante de la noche.
Al llegar a casa puse la televisión para ver uno de esos programas de preguntas y respuestas. Necesitaba evadirme. Me gustaba entablar competencia con los concursantes y responder a las cuestiones antes que ellos. Sobra decir que, además, el ambiente estaba caldeado y lo oportuno era no dejarse ver hasta el día siguiente. Procuré sumergirme en el concurso y olvidar. No llevaba ni quince minutos cuando escuché murmullos en el cuarto que daba a la fachada principal. No parecía discusión, sino un susurro que se solapaba con el sonido de la televisión. Me levanté y seguí la pista procurando no hacer ruido. ¡Sorpresa! Él tenía a Ana cogida de la mano y se disculpaba vehementemente asegurándole que todo formaba parte de las cervezas ingeridas. Poco a poco comencé a temblar de furor sin apenas poder sujetarme en el marco de la puerta. El corazón me saltaba en el pecho y los labios se me convirtieron en papel de lija del 12. Era insoportable, el colmo de los colmos.
— ¡¡Maldito cabrón hijo de puta!!
Exclamé, fuera de sí, lanzándome sobre él.
— ¡¡Estás loco!! ¡Tú has perdido los remos del todo!
Ana me golpeaba la espalda chillando como una posesa. Debajo de mí fue saliendo mi hijo mayor. Tenía el rostro enrojecido y me observaba con temor e ira contenida.
— ¿Se puede saber qué te pasa esta noche? -me gritó Ana a unos centímetros de mi nariz. Su aliento conservaba el aroma de la pizza de jamón y queso- ¿Es que no vas a respetar ni a mí ni a nuestros hijos? Te advierto que eso no lo voy a consentir de ninguna de las maneras.
Mi hijo mayor se fue retirando de la habitación al tiempo que negaba con la cabeza.
— Te vi cogida de la mano y supuse que era él. -dije avergonzado, con una voz huidiza.
— ¡Dios, Dios! Tu hijo me estaba enseñando el anillo nuevo -dijo con los ojos inyectados en sangre. Se detuvo unos instantes- Este rollo se va a terminar ya. Mañana mismo nos pasamos por la consulta del hermano de Yunta. Es sicólogo y de los buenos.
— ¿Tu compañero del insti? -pregunté con voz lejana.
— Ese. Se van a acabar las gilipolleces pero ya. Y si tienes que dejar la priva pues la dejas. No vas a llevar a pique a la familia por…
Ana estaba muy alterada. Andaba de acá para allá por el cuarto sin parar de hablar, gesticulando sin parar. Su mirada, a ráfagas, la sentía como si el bochorno por el que pasaba me taladrara hasta la médula. Nadie me entendía. Me encontraba solo e incomprendido sin hallar una solución práctica. Si Ana no me servía ni Sabino tampoco… ¿quién podría ayudarme? Mientras seguía sintiendo una humillación, que bien pensado merecía, decidí dedicar el resto de la noche, aunque no durmiera, a resolver el asunto por mí mismo. Si quería deshacerme de alguien que nadie veía excepto yo, qué narices de indulgencia necesitaba. Lo que necesitaba verdaderamente era convencerme a mí mismo. Claro y en botella.