Pepote, cuento de invierno

16 de outubro 2025

Pepy G. Clavijo cuenta la historia de Pepote, un muchacho fornido, quecogió un nido de un árbol

Era una mañana fría de invierno. Las ramas de los árboles, con el peso de la nieve, casi tocaban el suelo. Un nido, que estaba en el extremo de una rama pequeña y delgada, se mecía de arriba a abajo. Pepote, aquel muchacho fornido, que asustaba con su sola presencia a los más pequeños, se acercó dulcemente al árbol y, con sus manos grandotas, cogió con sumo cuidado el nido y su contenido.

- ¿Qué puedo hacer con eso?, se preguntó.

De repente, una idea afloró a su mente y, con rapidez, la puso en práctica: corrió lo más deprisa que pudo, con el nido bajo su chaqueta; sus pisadas se enterraban en la gruesa capa de nieve y dejaban unas huellas que tardarían bastante tiempo en desaparecer. Por fin, llegó a la cabaña que estaba cerca de su casa.

Era una cabaña que habían construido él y sus amigos, hacía ya bastante tiempo. Ahora nadie la usaba, eran los tiempos en los que el pueblo se llenaba con voces de algarabía, salidas de las gargantas de grupos de niños de 12 ó 13 años. Pero ahora, en el pueblo sólo quedaba Pepote de esa edad; los demás se habían ido a la ciudad y sólo volvían en vacaciones. Y ni siquiera lo hacían todos.

Pepote se encontraba muy solo. Los niños que ahora vivían en su pueblo eran muy pequeños, y cada vez había menos. A él, lo veían como a un gigantón, pues aunque tenía 13 años era muy alto y fuerte; el aire sano de la montaña le sentaba muy bien.

Una vez en la cabaña, buscó un lugar cálido donde colocar su nido. En principio no encontró nada que le sirviera; tenía que darse prisa, el frío podía perjudicar su dulce carga. Buscando, buscando, buscando, encontró un viejo chándal que había quedado olvidado en el cajón de una destartalada cómoda. Hizo con él una especie de rodete y colocó el nido dentro, con mucho cuidado. ¡Qué contento estaba! ¡Ya tenía a salvo su precioso tesoro! Y encendió la luz para darle calor.

Pepote, todos los días que siguieron a este hallazgo, iba a visitar la cabaña y a comprobar cómo evolucionaba "su secreto". Un día que la nieve estaba cayendo con mucha fuerza, casi no pudo llegar, pero al final lo consiguió y el esfuerzo valió la pena…

Al abrir la puerta, ¡oh, sorpresa! Dos diminutos pajarillos pedían comida con sus piquitos abiertos.

- ¿Y qué hago ya ahora? Pensó Pepote. – Tengo un problema: ¿De dónde saco comida?

Pensó que tal vez una lombriz podría solucionar algo, y dicho y hecho, se puso a buscar algo con qué escarbar. En un rincón por el que se veía algo de tierra, intentó con sus propias manos, pero no… Buscó algo punzante y… nada, hasta que tropezó con un trozo de lata.

- ¡Esto puede servir!, se dijo.

Pepote fue haciendo una pequeña excavación pero… nada, no había más que tierra y piedrecillas. No abandonó su ardua tarea, ya empezaba a cansarse, las manos le dolían, pero miró a los pajarillos y ellos abrieron su pico como para decirle: "Sigue un poco más". Pepote siguió y su labor se vio recompensada: una diminuta lombricilla salío del agujero; no tuvo que matarla pues, aunque se movía, su cuerpo estaba partido en dos.

La cogió entre sus dedos y con mucho cuidado metió un pedacito en cada una de las bocas abiertas de sus nuevos amigos.

La nieve fue derritiéndose en los días siguientes y Pepote vio con ojos curiosos cómo los cuerpecitos de los pajarillos iban cubriéndose de plumas que en un principio no eran nada bonitas; después fueron tomando un precioso color, entre dorado y verde, que era el orgullo de Pepote.

Pero todas las cosas tienen su fin y un día, cuando nuestro amigo llegó a la cabaña, contempló el nido vacío. Buscó por todas partes y no halló a sus pajarillos. Pensó que seguramente habían aprendido a volar y habían escapado por la claraboya del techo.

¡Pobre Pepote! Se había quedado solo otra vez. Con los niños del pueblo no podía jugar, pues eran demasiado pequeños, y los mayores ya no venían con la frecuencia de antes.

Pero la vida sigue y Pepote continuó con la suya. Iba al colegio en el autobús, comía allí, y regresaba a su casa por la tarde. Ya no había nada que le llamase la atención en su pueblo cada vez que llegaba por la tarde de vuelta. Pensaba en lo solo que estaba y en lo bien que se lo pasaba cuando tenía la compañía de los pajarillos.

Un viernes por la tarde, al llegar del "cole", decidió que se iría a la cabaña a preparar un control que tenía el lunes. Ya era primavera y allí se estaba muy bien, así que cogió los libros y emprendió el camino hacia su refugio. Pero al abrir la puerta, notó como si algo familiar flotara en el aire: eran unos dulces trinos y… ¡oh, sorpresa! Allí estaban sus amigos, entonando una linda melodía para él, como si quisieran decirle algo bonito… ¡ya estamos otra vez aquí!

Pepote se puso muy contento y se acercó a ellos, que ya no eran tan pequeños, habían crecido mucho. Quedaron mirándose una y otra vez, no decían nada, no piaban, no cantaban y Pepote se había quedado en completo silencio, como embobado mirándolos.

Jugó con ellos, los acarició y mantuvieron una "larga charla". Pero se olvidó por completo de sus libros, su alegría no tenía límites. Volvió el sábado y el domingo. Y allí estaban sus amigos. Fue un fin de semana inolvidable… pero llegó el lunes y Pepote no tenía preparado su examen.

Llegó a clase, se sentó delante del folio y pensó: "No he estudiado nada, me saldrá mal y suspenderé". Estaba en estos pensamientos tan tristes cuando en el árbol que casi metía sus ramas en el aula se posaron dos pájaros. Nadie los vio; empezaron a piar, nadie los escuchó. Sólo Pepote era capaz de traducir lo que sus dulces trinos decían. Era como un lenguaje en clave. El resultado fue un examen perfecto. Y es que la bondad, siempre tiene su recompensa.

Haz el bien sin mirar a quién fue la máxima de Pepote durante toda su vida.