Desde que era un mocoso Andrés había tenido una ilusión: poder disponer algún día de un tren eléctrico. Un tren como en el de su amigo Pablo; siempre que iba a casa del amigo, se veía transportado a un mundo diferente. El padre de Pablo con resignación de su esposa Doña Antonia, había comunicado todas las habitaciones de la casa, mediante unas entradas y salidas cerca de las puertas y no es que hubiese quedado demasiado decorativo, pero como el padre de Pablo era un "manitas", la "chapuza" resultó bastante bien y cuando se distribuían las vías por toda la casa, el salón se convertía en un pueblo con su correspondiente estación de tren, los dormitorios en otros lugares con sus estaciones o apeaderos, según la categoría que el padre de Pablo diese a cada habitáculo. La única zona prohibida de la casa era la cocina en la que Doña Antonia había dicho "¡Aquí no entra nadie más que yo!".
Andrés no pretendía que su tren fuera exactamente igual al de su amigo, él se conformaba con algo menos, uno pequeño, sólo la máquina y dos vagones, ¡tenía tanta ilusión por poseer uno…! Pero la familia del niño no eran tan acomodada como la de Pablo y el dinero que entraba en casa era necesario para otras cosas más importantes.
Andrés se tuvo que conformar con jugar en casa de Pablo, que, como buen amigo que era, siempre que montaba el "espíritu ferroviario" lo llamaba para que disfrutara con él y su padre, porque todo hay que decirlo, el que mejor lo pasaba era Don Joaquín.
La vida, que no se para, siguió su camino, como un tren que no tiene en cuenta las estaciones ni apeaderos y Andrés hizo más o menos lo que todos los niños, hasta que llegó el momento en que tuvo que decidir qué quería estudiar; él lo tenía muy claro, se haría ferroviario, pero su padre era fontanero y, a estas alturas de la vida familiar, el negocio iba bastante bien, por lo que Andrés tuvo que continuar con el trabajo paterno, ya que era el único varón en casa.
Andrés vio que el mundo se le caía encima, él no pedía una carrera larga y costosa, donde su padre tuviese que aportar mucho trabajo para costear los estudios, ya que era buen estudiante y hubiese podido ganar una beca para la Escuela de Ferrocarriles. Eran tiempos en que un padre imponía su voluntad y los hijos aceptaban sin rechistar, y por todo ello, Andrés se hizo fontanero, algo que no le gustaba pero se resignó y el oficio le llevó a entrar en muchas casas donde siguió viendo trenes como el de su amigo Pablo, aunque no con tantas "comunicaciones", unos eran grandes y otros más pequeños, pero siempre que un niño de la casa estuviera jugando con su tren, Andrés se quedaba embobado contemplándolo y, a veces, si se lo permitían, tomaba parte en el juego.
Pasó el tiempo y Andrés seguía con su ilusión. Los años pasaban y ya no era un niño, pero todo lo referente a trenes le llamaba la atención, por eso se dedicó a coleccionar revistas, periódicos, cromos, postales, y un largo etcétera y poco a poco el cajón en el que había empezado a guardar "su tesoro" fue llenándose más y más, ya no cabía ni un alfiler, empezó a ordenarlo, fue colocando sus álbumes cuidadosamente clasificados, toda su colección, de pronto se encontró con un material valiosísimo y al mismo tiempo una "cultura ferroviaria" vastísima.
Sabía todo acerca del tren. Desde sus comienzos no sólo en España, también en otros países. Andrés era como un libro abierto, en cuyas páginas se puede encontrar toda clase de información sobre los ferrocarriles; te cuenta que las locomotoras de vapor fueron el principio del ferrocarril, que la elegante locomotora arrastrando un tren romántico es una bella estampa, todavía no superada, que las primeras en España se llamaban "Mataró" e "Isabel II". Te cuenta también que el recorrido difícil que tenían que realizar las llamadas "Montaña" y "Santa Fé", que al ser tan enormes hacían crujir bajo su peso carriles y traviesas.
Andrés te habla con orgullo del primer ferrocarril de viajeros del mundo que usó una máquina de vapor y que fue en el Norte de Inglaterra en el año 1825 debido a la iniciativa de hombres de negocios que buscaban encontrar un medio de transporte más barato, para viajeros y mercancías, y casi un siglo después, en el Congreso Ferroviario de 1921, las 120 compañías de ferrocarriles se unieron formando cuatro empresas, para un cuarto de siglo después convertirse en los Ferrocarriles Ingleses. Te dice también que el primer coche-cama inglés ya existía en 1873 o puedes oírle que las locomotoras de los Ferrocarriles Sudafricanos son descendientes de las primeras "Sharp". Pero cuando más disfruta nuestro amigo Andrés, es cuando le hacen preguntas de temas puntuales, sobre todo de este país, te quedarías escuchándolo horas y horas… él sigue con sus explicaciones de cómo en 1829 el gaditano José Díaz presentó un proyecto a Fernando VII para solicitar una línea Jerez – Cádiz que no fue considerada y que en 1848 se inauguró el primer ferrocarril español en el trayecto Barcelona – Mataró, pero como Andrés vive en Galicia también recuerda que esta parte de España quedó al margen del "boom" ferroviario hasta 1873, año en que comenzó a funcionar la línea que uniría Santiago con el entonces importante puerto de Carril, y de cómo la locomotora "Sarita", que hoy se encuentra en la casa-museo de Camilo José Cela en Iria – Padrón, era conducida por el señor Varela, de ahí que todos cuantos la veían pasar decían "ahí va el tren de Varela".
También Andrés se interesa por la literatura que habla de trenes y así nos recuerda que el gran Curros Enríquez le dedicó el poema "En la llegada a Orense de la primera locomotora", cuyos primeros versos, en traducción castellana dicen: "Miradla ahí viene, ahí viene subiendo, colinas y altozanos, valles y cerros. ¡¡Venid a verla, mocitos y mozas!!, ¡Saludarla, muchachos y viejos!...".
Nos habla Andrés muy entusiasmado del Viaducto de A Chanca en Lugo que fue una de las obras más espectaculares que se construyeron para el ferrocarril en el siglo XIX en Galicia y del Viaducto de A Ponte Ulla en la línea Ourense – Santiago en época más reciente.
Y Andrés que ya tiene muchos años, pero no tantos como para haber presenciado el acontecimiento, nos relata con toda clase de detalles, como fue la llegada de la primera locomotora a la ciudad en la que hoy vive. Fue en 1884 y traía tras de sí un furgón de cola y un coche mixto de primera y segunda clase, y te muestra fotografías del evento en las que se ve "al pueblo entero agolpado en la estación, esperando impaciente, a que se oyera el potente silbido del vapor para aparecer arrogante, sublime, grandiosa, como envanecida de sí misma, la poderosa máquina que fue recibida por la Banda de la Beneficencia con una Muiñeira y según publicaba la prensa de la época, "Pontevedra entera parecía una verdadera fiesta".
Hablar con Andrés del tren es maravillarse de su sapiencia, es como subirse a un departamento de un tren y escuchar atento todo lo que de ellos se puede saber, aunque los actuales trenes le interesan, pero menos. Para él el AVE no es un tren propiamente dicho, a él los trenes que le gustan son los de la máquina a vapor con vagones detrás ¡ese es un tren como Dios manda!, dice cuando ve en un escaparate un tren antiguo y sí es de aquellos de juguete de lata mejor.
Hoy Andrés, que ya es un hombre jubilado, con todo el tiempo que tiene para él, es un hombre que jamás se aburre, que trata de dedicar muchas horas y le parecen pocas, a su "preciado tesoro", el estudio del ferrocarril, aquel que amó y ama, del que desde su más tierna infancia quedó prendado, un tren como el de su amigo Pablo y que nunca llegó a tener.