Cual condenados a galeras que reman al compás del tambor de Keleustes y de la vigilancia del cómitre, un grupo de esforzados al sol reunidos en medio de la nada se contorsionan bajo los golpes metálicos que supone la infernal batería de potentísimos altavoces. Una danza visceral y obediente en cada segundo al ritmo implacable de la postmúsica que abandonó notas, compás, melodía y letra para zambullirse en la repetición ad nauseam para mentes licuadas. Un lugar, una nada que no es fin de trayecto de ningún viaje a Eleusis ni sendero iniciático bajo estrella alguna o constelación que les haya llevado hasta allí para una renovación espiritual, una vez despojados por propia voluntad de referente alguno, como ubicación final de un nirvana. El lugar vacío es ése, pero podría ser cualquier otro con tal de que sea como este aleph sin narración que es la condición a cumplir. Nada hay, nada me rodea, nada me obliga, nada pienso. Luego danzo.
En el rostro y el físico de muchos que han dejado la juventud atrás se muestra la antigüa vecindad con las drogas, con las que se comercia para ganarse la vida. Mientras el tam tam sigue sonando implacable un tipo se mueve por el medio de la troupe y va entregando papeles a algunos de los danzantes. Charla un tanto con ellos preguntándoles si han visto a la chica de la foto que es su hija. El fulano piensa que podría hallarla en medio de estos grupos que viven a salto de mata y que se desplazan por cualquier sitio en los meses más cálidos antes de recogerse a sus cuarteles de invierno en las ciudades. Se une a ellos.
En ese vacío vital de ajustados límites se enmarcan sus necesidades de comida, combustible y hashish mientras avanzan por el desierto. Un tipo de convivencia para sobrevivir en duras condiciones ambientales, necesaria unión que resuelve la vida este día y mañana será otro sin concesiones a sentimientos más allá de la convivencia. Se desplazan en medio de la nada hacia otro punto perdido en el mapa para volver a danzar ante el tótem de altavoces tecnificados en algún lugar indescifrable. Allí se encontrarán con otros como ellos salidos de no se sabe dónde en una peregrinación a la Meca sin Kaaba formando un mapa de itinerarios vacíos.
Hubo memorables huidas de la civilización. Rimbaud había soñado una Temporada en el infierno, había abandonado la poesía y huyó de la France para desembarcar en Aden en 1880. Se convirtió en traficante de armas desde Harar para el etíope rey Menelik. Abandonó la escritura, pero hizo una descripción del desierto de Ogaden y del viaje que lo llevó a Harar, ciudad en la que se quedó a vivir e indispensable para el tráfico de caravanas entre el interior de Etiopía y el mar a través de la actual Djibouti. Cuarta ciudad santa de los musulmanes a la que entró por primera vez un europeo, Burton el de Jartum, unos treinta años antes de que lo hiciese nuestro poeta. En cualquier caso, Rimbaud abandonó el Parnaso para pasar una temporada en el Infierno que lo llevó a la muerte.
No parecen los danzantes tipos que realicen un viaje de purificación al desierto, no parecen buscar un viaje de soledad y prueba para renovarse, para reconocer lo más profundo y poderoso que aún puedan poseer.
A su alucinada vida llega la realidad de vez en cuando y cuando llega actúan con la misma dejadez: el chaval se despeña por los cantiles del desierto pero no van a buscarlo y recogerlo cueste lo que cueste, un asunto moral de primera magnitud que se resuelve en seguida unas escenas después con un caldito de belladona que supone la mortaja. La película sigue mostrando su cojera: se ven los vehículos de un Ejército, un ejército oficial, que se muestra amenazante pero no una guerrilla islámica que sería lo más probable, lo que más abunda y los que siempre minan los campos. Es asunto imposible el que la película muestre a una secta del islam como Boko Haram secuestrando mujeres y asesinando a los danzantes como luminosa referencia a la rave más relevante para la humanidad para siempre jamás: esa secta del islam como es la de los asesinos palestinos del 7.O del 2023 en las aldeas de Israel sobre los inocentes, hombres, mujeres, niños y ancianos, pogrom que ha inaugurado la filiación antisemita de Occidente, de lo cual cualquier mención en la película provocaría su inmediata retirada, ni premios ni Oscars, ni fotitos ni telediarios ni gaitas, no iría a ningún sitio. En cualquier caso, gloriosa envidia del director, un chaval.
Ni hijo ni hija. Es posible que vuelva más atolondrado que antes: la experiencia no le ha aportado otra cosa que hundimiento, pero ha tenido el privilegio de la asistencia en primera persona a los actos de la nada. Y de la nada, nada se hace. No les veo a todo el grupo otra posibilidad que ir quedando bajo el amparo del ingreso mínimo vital del socialismo europeo.