A las 9:30 de la mañana quiero pasar por la Herrería para ir al mercado y me encuentro todo vallado y montando unas carpas. Bueno, pregunto para qué es y el jefe de operarios ni sabe para qué; solo balbuceó que algo sobre basuras. Y me pregunto: ¿es necesario montar esto en el centro de la capital de provincia, donde ciudadanos y visitantes no puedan disfrutar de la plaza? ¿Para qué está esa nave pegada al río llamada Recinto Ferial, sitio estupendo para este tipo de eventos? (El negocio de montar y desmontar carpas debe de ir como una moto o un cohete).
Puestos a quejarse, tengo tres más: al principio de Cobián Roffignac, esquina con Benito Corbal, hay un resto de muralla antigua que sostiene los ábsides de San Francisco completamente abandonado y está en el centro de la ciudad. Una vergüenza por no mantener los restos del pasado.
Nos vamos a los jardines de Las Palmeras; allí hay dos monumentos, uno más conocido que otro. El primero es el dedicado a los marinos ilustres que hubo hace años, pero que es memoria colectiva, que está completamente abandonado. ¿Qué dirían Paio Gómez Chariño, los hermanos Nodales o los hermanos corsarios —que no piratas— Gago de Mendoza y otros varios que navegaron por medio mundo? Otra vergüenza, abandono total.
El segundo monumento es bastante desconocido, pero no menos abandonado que los otros. Cuando teníamos entre 8 y 10 años, era normal después de la clase de la tarde juntarnos varios amigos y jugar una pachanga de fútbol detrás de la Diputación, ya en Las Palmeras, entre 6 u 8 amigos; dependía del día. Recuerdo que había un municipal o vigilante al que se le llamaba «matagusanos» que nos perseguía por todas las palmeras; claro, había varias sedes para jugar. Al acabar aquellas pachangas gloriosas, iba a beber a las ranas del estanque —que creo que ya no hay— y tropezábamos con una mole de piedra. En aquellos tiempos se podía leer algo así como a «Do.................... de las barbas de chivo». Como éramos compañeros de colegio de sus nietos, supimos que ese monumento estaba y está dedicado al insigne Don Ramón; hay un pequeño texto, hoy ilegible por abandono, que es parte de un soneto que Rubén Darío le dedicó a Don Ramón, el de las barbas de chivo.
Con todos mi respetos a Castelao, pero Pontevedra es más que Castelao y hay que mantener el patrimonio y el recuerdo a nuestros antepasados.
Pitágoras.