Desde la atalaya: un cuento de verano y de paradores

16 de julio 2025

Ella hubiese querido traspasar con su mirada todo lo que sus ojos contemplaban, pero la intranquilidad de no saber en qué iba a terminar su vida la tenía nerviosa y preocupada

Desde la Atalaya sobre la desembocadura del río Guadiana, privilegiado mirador del Parador de Turismo de Ayamonte, ella estaba ensimismada en sus pensamientos, al tiempo que sus ojos contemplaban el paisaje marismeño que dibujaba el río y el litoral océano.

Ella hubiese querido traspasar con su mirada todo lo que sus ojos contemplaban, pero la intranquilidad de no saber en qué iba a terminar su vida la tenía nerviosa y preocupada.

Había llegado a Ayamonte procedente de Portugal, está tan cerca un país de otro que casi parece que sus habitantes se dan la mano como para ayudarse mutuamente.

Se había marchado a Portugal en un arranque de mal humor, no quiso saber nada más de aquel amor, que durante diez años la había tenido sometida a toda clase de vejaciones no sólo físicas, también los dolores del alma van minando poco a poco la vida de las personas.

¡Adiós para siempre! Cogiendo una bolsa de viaje, había colocado cuidadosamente todas aquellas cosas que significaron algo en su vida: 100 pesetas dentro de un marco color berenjena que le había regalado cuando aprobó el carnet de conducir, un muñeco que le tocó en una tómbola y pocas cosas más.

Desde la atalaya del mirador de Ayamonte ella evocó aquella excursión, siempre que salían de viaje les gustaba pernoctar en Paradores, además de descansar. Estos lugares le hacían sentirse en otras épocas, pues, sobre todo ella que era muy curiosa, trataba de descifrar el nombre del Parador, de empaparse en la cultura del lugar y de enterarse de quién era el personaje que le daba nombre: "Antonio Machado" en Soria, bordeado por las faldas del Castillo que fue, y del que sólo queda un paredón cerca de la piscina que está en el parque, Parador donde se rinde culto, con las fotos, a los hermanos Machado, a Leonor y a su musa Guiomar, desde una de las barandas que lo rodean se puede admirar la bella ciudad de Soria, abrazada por su río Duero, Antonio Machado diría de él: "mi corazón está donde ha nacido // no a la vida, al amor, cerca del Duero… // el muro blanco y el ciprés erguido". Evocó también el billete de 100 pesetas y pensó en su coche, aquel 600 azul, el primero que tuvo y que les llevó a tantos sitios, y de pronto le vino al pensamiento, su pequeño cochecito aparcado delante del Parador de Guadalupe en Cáceres, en la Comarca de Villuecas, en cuya Plaza Mayor hay una fuente con un pilón donde se cuenta que fueron bautizados los primeros indígenas que Colón trabajo del nuevo mundo. ¡Qué maravilla de Parador!.

Y ya puesta a recordar pensó en su peluche, iban camino de Galicia, eran paso obligado Benavente y Puebla de Sanabria. Al llegar a Requejo había fiesta con carruseles y tómbolas, allí ganó él, para ella, su muñeco de peluche, se habían detenido antes de llegar al Parador de Puebla de Sanabria, también situado en un lugar alto, desde donde gozó de espléndidas vistas y donde le contaron una leyenda, la existencia de una ciudad a la que un castigo divino envió un diluvio hundiéndola, para siempre, en el lago, no se refería a Ribalago, que fue sepultada por una riada en los años 50, sino que se referían a una ciudad de leyenda.

Ella sigue en la parte más alta del Parador de Ayamonte, piensa en su vida desde hace 10 años, él antes no era así, la droga y el juego han convertido a su amor idealizado en una piltrafa, que actúa con ella siguiendo sus más bajos sentimientos, por eso no aguantando más y a punto de cometer una locura, hacía justo un mes que, se lió la manta a la cabeza y se fue a Portugal, al final y al cabo mejor estaba sola.

Lo que ella no podía figurarse, en ese momento, era que tendría que continuar así, sin él, para siempre y lo supo cuando después de contemplar, de nuevo, la desembocadura del Guadiana, entró en el Parador con idea de tomar algo fresco, ya que su garganta estaba seca, no de hablar, quizá de pensar.

Se sentó en la cafetería, pidió un zumo de melocotón natural con bastante hielo y cuando se disponía a tomarlo, dirigió su mirada al televisor, la imagen que vio, le resultó familiar, era una casa de las afueras de Madrid, una casa unifamiliar que saltaba en mil pedazos, después el locutor decía que "fulano de tal" en la desesperación de ver pasar los días sin encontrar a su compañera y creyéndola perdida para siempre había hecho saltar la casa en mil pedazos con él en el interior.