Toda la familia, sentada alrededor de la mesa presidida por el notario, procede a la lectura en alta voz. Son tres hermanos; el padre, mucho antes de morir, intentó consensuar el testamento para hacer una distribución equitativa, pero la reunión siempre acababa como el rosario de la aurora. Lo que había sido una familia ficticiamente unida se convirtió en una lucha cainita. Todos querían para sí el palacete del siglo XVII y ofrecían a los demás una cantidad que no llegaba ni al 50 % de la valoración de los peritos.
Los últimos años de Cayetano fueron de soledad en palacio, con María, una señora que llevaba cuidando la casa y a los hijos durante los últimos 30 años. Fue ella quien colaboró con los servicios sanitarios durante los cuidados paliativos y lo acompañó en el lecho de muerte, mientras sus descendientes se recreaban de forma imaginaria en lo ricos que iban a ser, aprovechando que su padre, en el fondo, era un buen hombre.
Optó por el testamento ológrafo, que escribió a mano con todos los requisitos establecidos legalmente, y se lo entregó a María en sobre cerrado y lacrado para que, en los 10 días siguientes a su fallecimiento, lo presentara ante notario. Una vez realizadas las comprobaciones oportunas, se cita a los interesados. Los tres hermanos, unos con la mirada fija en los otros, frunciendo el ceño e intentando leer de soslayo lo escrito en el documento; mientras tanto, María, con la cabeza baja, triste y ensimismada, se preguntaba por qué estaba allí.
Pasó un buen rato hasta que llegaron a la parte en la que el padre lega generosamente toda la propiedad, contenido y continente, a los vecinos del pueblo para que lo habiliten como ayuntamiento, centro social, museo y la parte más alejada como residencia para personas mayores. Le cede a María un piso en el centro para que pueda ir andando a sus clases de pintura.
Para desheredar a sus hijos alegó abandono total y prolongado. Hacía tres años que solo acudían, eso sí separados, en las fechas navideñas para recoger la inmensa cesta que, por expreso deseo de su mujer ya fallecida, les entregaba “religiosamente”. En su memoria dejó un apéndice en el testamento en el que legaba a los tres vástagos varios instrumentos musicales, propiedad de la familia desde principios del siglo XX, con el siguiente mensaje: “Siempre pensé que mi deseo era ser admirado, ahora pienso que me gustaría ser querido”. Continúa con las siglas: AFT. Un arpa para Andrés, con el objetivo de fomentar su conexión espiritual y evitar su conexión virtual permanente; una flauta para Teresa, para facilitar la comunicación con lo divino, pues lo humano para ella no existe; una trompeta a Fernando, para que busque experiencias sensoriales, ya que su realidad está vacía.
En la lápida, en letra gótica y de tamaño muy grande, se lee: “tus hijos no te olvidan”.