27 días: ¿Felicidad absoluta? Nahhh…

03 de agosto 2025
Actualizado: 13 de agosto

Me he dado cuenta de que, mientras más real soy conmigo misma, mejores resultados obtengo. He aprendido a atesorar los momentos felices y livianos.

No es cierto. No existe la felicidad absoluta, ni la fe inquebrantable. Somos humanos: personas con tantas debilidades como sueños. Somos seres de entusiasmo, y eso no está mal. El verdadero problema comienza cuando nos hacen creer que, si no alcanzamos ese estado de sabiduría total y aceptación plena, entonces no hemos cumplido nuestro propósito de vida.

Caramba, ¡si la vida de por sí ya es un enredo constante como para exigirnos tanto!

No existe un lugar donde encuentres toda la verdad, ni un rincón donde halles toda la felicidad. Eso no está en otra persona, ni en otro país, ni en una comida, ni en una iglesia, ni en ninguna parte. Venimos aquí a aprender y a desaprender. Y eso implica sufrir, llorar, reír, estar… y, a veces, decepcionarnos a nosotros mismos.

Si es que te la pasas exigiéndote más y más… Porque ves a otros aparentar una paz, una alegría, o no sé qué cosa más. Pues déjame decirte algo: no es real.

Cada uno de nosotros, en lo más íntimo, en esa profunda soledad que nadie ve, tenemos preguntas sin respuesta y frustraciones que ocultamos. Todos estamos llenos de dudas, de cuestionamientos. Esa, aunque no lo parezca, es la verdadera realidad.

Tienes que entenderlo: la felicidad absoluta no existe. Lo que sí vas a encontrar son momentos de satisfacción, instantes de logros, chispazos de motivación. Pero no te confundas, la plenitud eterna es una ilusión. Y eso está bien. Porque venimos a vivir, no a perfeccionarnos.

Y no quiero que confundas esto que te digo con un shot de negatividad. Por el contrario, he aprendido que, en la medida en que logremos internalizar estas realidades, podremos aceptarnos y fluir con más sensatez. Incluso, creo que podremos perdonarnos más fácilmente. Y de alguna manera, impulsarnos a buscar esos momentos de paz y felicidad aportando cosas reales, no producto de una autoexigencia ni de esa aparente perfección que nos venden allá afuera.

Podemos debatir sobre estos temas durante horas, meses, años… o incluso toda una vida.

Pero al final, cada vida es un barco solitario, una isla, una salvación individual. Por eso hoy quise escribir sobre esto. La superficialidad se ha vuelto tan abrumadora, que sin darnos cuenta terminamos creyendo lo que es más fácil. Escuchamos a otros darnos recetas de la “vida perfecta” y allá vamos, repitiendo fórmulas que no nos pertenecen. Eso es inaceptable.

Para empezar, tienes que conocerte profundamente. Autoevaluarte. Ser honesta contigo misma. Entender que eres un ser tan único, que lo que funcionó para otros, probablemente no funcionará en ti. Aceptar que eres un proyecto en constante evolución, y que solo tú puedes decidir qué partes deseas que sobresalgan, y cuáles sencillamente no te importan.

Me he dado cuenta de que, mientras más real soy conmigo misma, mejores resultados obtengo. He aprendido a atesorar los momentos felices y livianos. A abrazar esos instantes serenos y fáciles que llegan como un respiro para el alma. Sé que nada dura para siempre, ni siquiera las personas que amamos. Y que cada situación trae consigo una energía que debo canalizar según la experiencia que me toque vivir.

Pensando así, dejé de mirar la grama más verde en la casa del vecino. Ahora, celebro cuando mi propio patio está florecido. Y cuando las flores se marchitan, en lugar de quejarme, me arremango y trabajo en volver a hacerlo florecer.