Transiciones y movimientos constantes me hacen sentir que la vida no espera.
No hace pausas por necesidades, no tiene compasión, tampoco se burla: simplemente sigue en movimiento. Y a veces es difícil no quedarse atrás, rezagado en la propia vida. Nadie nos prepara para eso.
A veces pienso que debo recordarme que no se trata de detenerme, sino de fluir, aunque el destino final nunca esté bajo mi control. No es fácil. Nos repiten constantemente que solo hay una vida, un único tren en marcha. Una sola oportunidad. Breve.
Breve para reír, llorar, nacer, aprender y desaprender.
Breve para atravesar lo hermoso y también lo difícil.
Y sin embargo, necesito detenerme de vez en cuando. Respiro profundo, aunque eso me haga sentir lenta en un mundo tan acelerado. Vivo una realidad que es solo mía —aunque compartida con otros— y que, aun así, me afecta en lo más personal.
Entonces mi mente comienza a jugarme los peores trucos: me minimiza, me golpea con falta de amor, me tritura en pedazos. Todo porque no logro las cosas “a tiempo”, como se supone que debería. Surgen frustraciones, colapso. Y descubro que no existe medicina contra mí misma.
¿Cómo sobrevivo a esta tormenta constante?
Te cuento…
Para mí, los movimientos son ideas que me recuerdan, una y otra vez, que estoy viva. La vida necesita de mí para ser vida. Me transformo en tantas cosas como sea necesario para comprender quién soy y para no olvidarlo. Vivo romances secretos, solo míos: con la tierra, con los troncos y sus hojas, con la sombrilla que me protege.
Me consumo a mí misma para llegar a mí, sin lamentos, sin medida de tiempo ni de espacio. Las nubes se vuelven flores que el viento mueve como premio a mi resistencia. Mi cuerpo es apenas un instrumento; mis pensamientos, mis verdaderos aliados.
Siempre habrá un momento perfecto para equivocarse. Una simple gota, perdida entre la multitud, puede hacerme creer en el llanto. El sufrimiento, lejos de destruirme, me inspira: me impulsa a escribir, a discernir y a transformarme.
Es hora de continuar. Es mejor hacerlo sin mirar atrás, con un poco de valentía y un poco de miedo. El temor es importante: nos guía, nos hace más conscientes, nos ayuda a sentir control. Iremos de un lado a otro en medio de la gente… pero siempre solos. Algunos miran al suelo, avergonzados; otros miran atrás, arrepentidos. Y yo, yo miro hacia arriba…al jardín que me hace sonreír en medio del caos.
No eran nubes… eran flores. Siempre lo fueron.