Cuando despertamos, parece ser uno de esos días normales, sin nada especial. La rutina diaria llega: los quehaceres, comienzas, terminas, duermes y regresas a un nuevo día.
Así parecen transcurrir los días y las semanas, una cosa llevando a la otra. Damos todo por hecho. Algunos se preocupan demasiado y eso los consume. Otros preferimos no pensar tanto y simplemente aprendemos a fluir.
Pero en realidad, nunca existe un día normal o repetido. Aun haciendo lo mismo, nada es exactamente igual. He aprendido que la vida no se repite, sino que sigue patrones; y en esos patrones vamos construyendo nuestra rutina personal.
Es un buen momento para observar, mirar con detenimiento lo que hacemos y comprender hacia dónde nos dirigimos. Sin darnos cuenta, vamos tejiendo el futuro: a veces repitiendo el mismo patrón, otras veces cambiando el modelo. Y en ese ir y venir, los cambios llegan a nuestras vidas.
Es importante escuchar los mensajes del universo, de Dios, o de aquello en lo que cada uno cree. En ellos hay mucha sabiduría, y al prestarles atención podemos guiarnos con mayor aceptación.
No me gustan las quejas. Me incomoda la gente que vive quejándose constantemente, pues siento que se convierte en un hábito que termina robándonos la capacidad de agradecer las cosas pequeñas y de atesorar las grandes.
De igual manera, es irreal hacer creer a los demás que tu vida es perfecta. Eso no existe. Siempre habrá retos, temores, tristezas, desaciertos… en fin, imperfecciones que llegan para ayudarnos a crecer, madurar y aprender.
No soy experta en estos asuntos. Solo he comprendido el concepto y trato de internalizar lo bueno mientras manejo lo difícil. Busco hacer un balance y funcionar en medio del caos. Sonreír aun cuando parece que nadie ve la vida como yo la veo. Y abrazar los cambios para que la adaptación no se vuelva una carga, sino una oportunidad.
Han sido varios meses de cambio en mi vida, en los que tuve que poner en pausa lo que más me apasiona y me hace feliz: el arte. Con cada día que pasaba, reconocía lo vacía que me sentía sin él.
Sin embargo, decidí aprovechar ese tiempo para atender lo que era necesario, y así logré enfocarme. Algo dentro de mí me repetía que esa pausa era parte del proceso, que era necesaria… y que pronto regresaría al arte.
Si me estás leyendo y sientes que la vida te ha puesto en pausa, o que has tenido que sacrificar unas cosas para lograr otras, quiero decirte algo: todo va a estar bien.
Haz esa pausa con amor hacia ti mismo. Abraza lo que sea que estés haciendo ahora, y trabaja con paciencia para recuperar aquello que te da vida y te hace feliz. Somos dueños de nuestras acciones, pero a veces es necesario dejar que las cosas fluyan, para que encuentren nuevamente su lugar.
Así fueron pasando los días, pareciendo iguales, cortos y rutinarios. Sin darme cuenta, iba tejiendo nuevos modelos que, sin duda, me han hecho comprender que los cambios siempre son necesarios.
Al final del día, lo que es del mar siempre regresa al mar… y yo, inevitablemente, regreso al arte.