Percival Everett engrandece la vida y su dolor

26 de abril 2026

Teléfono (Percival Everett, De Conatus, 2025)

Tras publicar más de veinte novelas desde 1983, resulta evidente que Percival Everett es un autor consolidado en el panorama literario de su país, por mucho que solo unas pocas de ellas–aunque con indudable éxito de crítica y ventas (James, Los árboles, Cancelado)– hayan sido traducidas al castellano, siempre de la mano de De Conatus, otra de estas independientes que han surgido en los últimos años, cargadas de propuestas interesantísimas.

No escribirá Everett la gran novela norteamericana, ese anhelo de novela canónica al que desde esta columna digital no se va a contribuir porque aquí se escapa de los rankings y las clasificaciones y porque además ya ha sido escrita. La escribió Scott Fitzgerald. Y Mark Twain. Y Faulkner.

Leyendo al prolífico Everett pronto nos damos cuenta que sus historias se conducen por otros caminos y que si en algún lugar sobran la grandilocuencia y los artificios es en sus libros. Solo parece interesado en hablarnos de situaciones conocidas por todos. Solo parece interesado, como si esto fuese baladí, en ponernos ante el espejo de su protagonista –aquí, en Teléfono, Zach Wells, paleontólogo y profesor en la Universidad del Sur de California, en la que investiga el pasado prehistórico de esa zona– y que reflexionemos, desde nuestras convicciones éticas, en cómo actuaríamos si nuestra vida fuese sacudida por los terremotos que asolan la suya.

La enfermedad de su hija agrava aún más la insatisfecha vida de Zach. Ahí surge la prosa limpia y sin estridencias de Everett para mostrar el desasosiego del profesor, llevado al limite por momentos. También regala a su protagonista unas dosis considerables de sátira y ética para afrontar (también al autor, alejado de cualquier morbosidad) sus particulares y peligrosas relaciones en el ámbito laboral con una profesora y una alumna, ambas necesitadas de él para alcanzar sus metas profesionales.

Cuando el dolor y la tristeza asolan la narración, Everett opta por dotar todas las cosas que hace Zach de una ironía y una naturalidad que resultan genuinas. Así, las magistrales reflexiones de Wells frente a los cuadros del Louvre en el viaje a París con su mujer e hija o la brillante irreverencia sobre las multiples ocupaciones que a Dios le impiden hacer el bien, destacan en una relato que acaba desembocando, por casualidad como tantas otras cosas de nuestras vidas, en una aventura en ese atroz lugar llamado Ciudad Juárez, el de los inexplicados feminicidios.

Ahí, tan cerca como lejos de su confortable mundo, Zach Wells se muta en una suerte de Walter White, desubicado e ingenuo pero feliz y entregado a liberar a un grupo de mujeres de las garras del tráfico de personas. Pretende que ese lugar y esa odisea sean el refugio de su drama propio, un lugar y un dolor ajeno del que apropiarse para mitigar el suyo con un sentido del deber inexplicable, un salto al vacío que, quizá, no sea tan novelesco.