Las Capitulaciones de Santa Fe (abril de 1492) no se redactaron como un contrato continuo desde cero, sino que tienen una estructura mixta:
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El cuerpo del texto (los ítems): Son las peticiones concretas que el entorno de Colón —particularmente Fray Juan Pérez— llevaba preparadas en su borrador de trabajo. En esos textos de negociación interna era habitual usar el nombre de forma más directa y simplificada.
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La introducción: Fue el texto añadido y redactado formalmente por la propia Cancillería Real (a cargo del secretario Juan de Coloma) para dar apertura y validez oficial al documento final. El arranque textual del documento original dice así: «Las cosas suplicadas e que Vuestras Altezas dan e otorgan a don Christóval de Colón, en alguna satisfacción...»
Esto significa que cuando la administración del reino tuvo que estampar el nombre formal en la cabecera del acuerdo definitivo para identificar al solicitante ante los Reyes Católicos, la fórmula que consideró legal y oficialmente correcta fue «de Colón». Que este apellido aparezca justamente en la introducción —y no en los borradores de los artículos— demuestra que esa era la fórmula de presentación que la alta burocracia consideraba legítima y necesaria para abrir un documento de semejante relevancia jurídica.
El riesgo de nulidad y el dilema del registro:
Resulta llamativa la aparición de dicho apellido si se tiene en cuenta que, durante los siete años de estancia de Colón en la Corte itinerante (desde enero 1486), las cédulas de manutención reales lo identificaban sistemáticamente como «Cristóbal Colomo, extranjero», sin mencionar jamás su lugar de origen.
Sin embargo, si la Corona llevaba siete años pagando ayudas de costa a un tal «Cristóbal Colomo», en el momento de firmar el contrato más importante de la época no podían otorgar títulos vitalicios y hereditarios (Almirante, Virrey y Gobernador) a un apellido "ficticio" o inventado sobre la marcha. Introducir una identidad no reconocida habría invalidado el documento de inmediato ante la justicia. Los Reyes Católicos y sus funcionarios tenían que saber exactamente a quién estaban contratando; por tanto, firmar como «Cristóbal Colón» implica que la Corona reconocía este como su apellido verdadero o, al menos, como el nombre legal bajo el cual asumía las obligaciones del pacto.
El quiebro lógico: La carta de Juan II de Portugal (1488):
Este escenario plantea una contradicción flagrante con la teoría de la simple "evolución fonética accidental" (de Colombo a Colomo y luego a Colón). En marzo de 1488, Juan II, rey de Portugal, le escribió una carta personal a Sevilla llamándolo, en portugués, «Cristovam Colón».
Si en 1488 el rey de Portugal ya lo llamaba «Colón» (un apellido de sonoridad netamente ibérica) mientras que en Castilla los contadores de la corte lo registraban como «Colomo», la idea de un juego de identidades o de un intento de camuflaje adquiere una base mucho más sólida. Esto invalida la teoría de que «Colomo» fue un paso intermedio natural: el apellido «Colón» ya existía, estaba fijado y era conocido directamente en el entorno portugués antes de que en Castilla se asentara de forma definitiva en 1492.
Si el navegante utilizaba el apellido «Colomo» en la corte castellana para borrar su rastro —ya fuese por deudas, por un pasado corsario opuesto a los intereses lusos o para proteger sus planes de navegación—, el hecho de que Juan II le dirigiera una carta oficial llamándolo «Colón» resulta un auténtico golpe de efecto.
El origen del apellido y el salvoconducto de 1488:
Esta disponibilidad de una identidad ibérica previa cobra un sentido pleno a la luz de las investigaciones históricas de Celso García de la Riega, quien demostró documentalmente la existencia del apellido «de Colón» como un linaje patrimonial ya asentado en la península, en Pontevedra, durante el siglo XV. Que Juan II utilizara en 1488 la variante de este apellido indica que el entorno portugués conocía al personaje por su verdadera identidad, mucho antes de que la Cancillería castellana la oficializara en 1492.
A esto se suma un detalle crucial de dicha misiva: el monarca luso no solo le llama por su nombre real, sino que le otorga un salvoconducto explícito que le garantizaba inmunidad frente a cualquier proceso civil o criminal a su regreso a Portugal. Esto confirma que Colón no se había marchado de Lisboa por un simple desacuerdo comercial, sino bajo circunstancias graves que implicaban a la justicia o a la seguridad de la corona portuguesa.
Geopolítica y espionaje:
Que la carta fuera dirigida específicamente a Sevilla denota una logística y un trabajo de seguimiento sumamente precisos por parte de la corona portuguesa por dos razones:
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La corte era itinerante, pero el espionaje era fijo: En aquellos años, los Reyes Católicos no tenían una capital fija sino que se desplazaban constantemente. Encontrar a un extranjero que intentaba vender un proyecto marítimo requería saber exactamente en qué ciudad y en qué entorno se refugiaba cuando no estaba siguiendo a la comitiva real.
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El control de la correspondencia: Para que una carta real de Portugal llegara a manos de un destinatario concreto en otra corona, se necesitaba una red de mensajeros o agentes que conocieran la dirección exacta o los contactos locales del individuo (como los monjes de La Rábida o los conocidos de Colón en Sevilla). Juan II no envió la carta "a la corte de Castilla" en general, sino a una localización geográfica muy específica.
En conclusión, los portugueses sabían quién era —le llamaban por su apellido real, ignorando el alias de «Colomo»— y sabían dónde encontrarle. Este nivel de detalle demuestra que para Juan II este navegante no era un desconocido intentando probar fortuna, sino un hombre de un altísimo interés geopolítico. La carta de 1488, con su tono extrañamente afectuoso y protector ("nuestro especial amigo", "tu alto ingenio"), parece más bien una maniobra de presión psicológica: una oferta para que volviera a Portugal recordándole, sutilmente, que la corona lusa le vigilaba muy de cerca, que conocía su verdadera identidad y que su supuesta cobertura en Castilla no estaba funcionando dentro del sofisticado tablero de ajedrez político por el control del Atlántico.
Guillermo García de la Riega Bellver, presidente de la Asociación Cultural Celso García de la Riega