En defensa de la moderación y la libertad de expresión

27 de xuño 2026

Gustavo Olmedo cree que la libertad de expresión debe ejercerse con moderación, argumentos y respeto, evitando la polarización, el sensacionalismo y la descalificación del adversario

Tanto el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos como el artículo 20 de la Constitución Española regulan la libertad de expresión. El entorno más próximo no debería condicionar las posiciones de una persona en el momento en que ejerce el derecho a exponer sus opiniones, ya que, de lo contrario, se caería en la autocensura. Además, estas opiniones deberían estar reforzadas con argumentos que las hagan más sólidas, independientemente de las distintas posturas que se puedan tener sobre un mismo hecho o en relación con cualquier tema de actualidad.

Los discursos incendiarios de los políticos o de los medios sensacionalistas no contribuyen a un análisis más moderado por parte de la sociedad, ya que fomentan la polarización y empobrecen el debate. Este debería ser más pausado y sosegado, y en él el análisis profundo y constructivo no debería pasar a un segundo plano.

La convulsa legislatura, la judicialización de la política y los sucesivos casos de corrupción que afectan a los dos partidos mayoritarios —como el caso de las mascarillas relacionado con la pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, o el del exsecretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, y sus acólitos, con una pena de 24 años y tres meses de cárcel para el exministro— enrarecen la opinión pública.

En este contexto, medios de comunicación afines a ambos espectros ideológicos diseñan programas de debate con tertulianos agresivos en las formas, que rozan el sensacionalismo. En ellos, incluso se cuestiona la democracia cuando se niegan las posiciones argumentales del otro, aunque ese otro pueda ser una formación política legalizada y con representación parlamentaria.

La defensa del partido único es propia de los muy partidistas. En algunos casos, ciertos tertulianos tienen arte y parte, y son los propios intereses los que empobrecen el discurso de aquella persona que, aunque solo sea por amistad con el político de turno, utiliza la libertad de expresión sabiendo todos de antemano cuáles van a ser sus posiciones.

Aunque es entendible que todas las diferentes posturas formen parte de un único tema para que este se enriquezca, el problema surge cuando, en un programa de televisión, hay un desequilibrio entre las dos partes intervinientes o los bloques de pensamiento que componen el debate.

La libertad de expresión no se puede convertir en monólogos de políticos populistas que llevan años en la función pública y que no aceptan la confrontación de ideas, muchas veces de corte más intelectual e inteligente, y menos partidistas, que los ponen, con sus limitaciones, ante el espejo.

Ministros, alcaldes, concejales, presidentes de comunidades autónomas y líderes políticos en general defienden su democracia, que muchas veces no es la de todos.

Adolfo Suárez y la Transición fueron un claro ejemplo de ejercicio de la democracia y la tolerancia, en los términos de lo que hoy llamamos libertad de expresión. Sin embargo, esta se echa de menos en el actual contexto de polarización y enfrentamiento político, que no enriquece el debate público, sino que más bien lo empobrece y altera.

Las posiciones contundentes y claras no deben suponer perder las formas ni descalificar al adversario. La libertad de expresión nunca fue eso.